domingo, 12 de agosto de 2012

Ahora en este lugar de Cero Absoluto


Lo único que se me exige siempre es dotarme de un buen lugar en el que la pasión, convulsionada entre sus propios límites, pueda elegir sus vías de decolaje, pueda urdir los tramos tensionados de su red mágica de circulación. Debía circular en metástasis milagrosas para salvar los grandes hoyos en la malla, las cascadas y pozos de sus canales subrepticios. Este lugar está forrado en cojines anestesiantes y controlado por el silencio zumbante de las lámparas de neón en que se cría la burocracia. Este lugar pasa entre los ruidos y los males como una burbuja de amortiguación, irisada pompa viajera. Este lugar de “hombres grises” está sostenido por millares de cabezas repletas de arena y menuda de capital, diagramadas en estupidez IBM bañada en hiel y luz de hastío. La luz gris porcelana que alumbra de hormigón este lugar la extraen de sus mortecinas cerebrales que echan a deshacerse por inmensos vertederos de piedra bruta.

¿Por qué volvéis a estos lugares, traidores de nuestra propia sangre, victimarios de muestro propio sentimiento de orgías colectivas, verdugos hipócritas de nuestra propia salud primordial?

¡Cochinas carnes dormidas! No me contestéis, no quería preguntar, sólo anotaba sin poder entender jamás. Cómo diantres nos habían expropiado de tal modo el cacumen mental a todo un pueblo. En qué noche fatal de la mente cósmica, contra qué mísera apuesta se habían jugado las potencias nuestra innata inteligencia, esa luz clara de la razón que brotaba del gran talismán pulido por los griegos, por los mayas, por los incas y los innombrables pueblos que iluminan los vientres de las selvas.

Se ve claro que sois las crías perfectas del campo imbécil, los habitantes natos del sopor antiséptico que irradian esos centros muertos de la riqueza colectiva, enajenada socialmente en inmensas formaciones de estorbo, asesinato y putrefacción, desiertos gigantescos de flores extirpadas y canciones apagadas: industrias y almacenes de desperdicios o trozos en atómica molienda y tóxicos cachivaches con recuerdos de tsunamis.

Amanecer en verde limón, entre rígidos sordos motores y olores de café, satinados de risas y asombros. Son las seis en el viejo pedazo de polvo de muertos que hemos heredado sin alternativa. La vieja tierra de Copérnico y Galileo, extraña a las elucubraciones de Aristóteles y Platón, sólo dada a la meditación trascendental de Demócrito y Epicuro, quienes la tomaban como el gran jardín de solitarios clinámenes y riesgosas tiradas de dados en el fondo de la noche, contra Sirio y contra Aldebarán, contra las 7 cabritas y contra la desamparada Cruz del Sur.